viernes, 27 de enero de 2012

Nostalgias que nunca serán

Cada vez que regreso a Alemania después de haber pasado una temporada en Italia, tengo por costumbre hacer mentalmente una lista con todo lo que ha cambiado a mi alrededor desde el momento de mi partida: una nueva tienda, una obra, un corte de pelo distinto en mis compañeros de trabajo, nieve en las calles, arbustos florecidos. Sólo así consigo medir el tiempo en este país en el que nada parece cambiar. Ahora que estoy a punto de abandonarlo para regresar a mi otro país de acogida, la Italia de las artes (de las malas artes, se entiende; fantástico, voraz, hermosísimo y absurdo como ninguno), intento rehacer esa lista mental con las cosas que echaré de menos. Si es que las hay. Hace un par de días habría podido ofrecerles esa lista en versión escrita, pero hoy no, hoy los elementos constituyentes de ese recuerdo en construcción se han esfumado, y no por nada en concreto. Por la misma esencia del lugar y de las circunstancias, imagino. ¿Si echaré en falta la calidad del chocolate bien cargado de cacao, el té turco, la biblioteca de la universidad, mis librerías favoritas? Podría decir que sí para evitar menospreciar / menoscabar la valía de lo que este lugar me ha ofrecido, pero no estaría siendo sincera. Digamos que he aprendido a consolarme con lo que el lugar ofrece (a excepción del alcohol): muchos libros, y tiempo para leerlos; un sueldo, y la posibilidad de desarrollar mi proyecto de investigación (¡mío y sólo mío!); aprender alemán, y descubrir nuevos autores; una inmensa soledad, la fascinación de vivir entre una humanidad tan distinta, y extraños encuentros con un mundo ajeno.

No lo echaré de menos, me temo, y espero con ansiedad mi regreso a la bella assurdità dell’Italia, regreso que tampoco será fácil, lo sé, porque carezco de raíces, ya no soy de ninguna parte. O quizás mis raíces estén representadas (“radici che si attorcigliano intorno alle presenze lontane”) por amigos y amigas que padecden un desarraigo casi tan fuerte como el mío. No hace falta salir del propio país para sentirse alienado y fuera de contexto, ¿no es cierto?

Ahora sólo me queda preparar las maletas, deshacerme de estos muebles baratos, y no mirar atrás, no vaya a ser que la curiosidad me devuelva a los infiernos.

P.S. Esta la entrada fue escrita hace un par de semanas... hoy mi perspectiva es más oscura si cabe. Necesito abandonar el país cuanto antes...

6 comentarios:

Thomas dijo...

Ya es una pena que esta entrada tan personal y bien escrita tenga todo que ver con unas emociones tan negativas... igual se me ocurre que lo que acabarás echando de menos es tener un lugar del que inequívocamente quieres irte y, mucho más importante, VAS A IRTE. El día 1 ¿no? Pues al cuerno todo, incluyendo esos enemigos que se asoman en los tags.

En serio, poder irse definitivamente de un sitio que detestas me parece un lujo. Disfrútalo en la medida de lo posible.

¡Y buen viaje, Princesa!

Llosef dijo...

Irse y no mirar atrás es un placer. Piensa en eso, Princesa. Y lo mejor de no tener raíces es que nunca te podrán arrancar de ningún lado, y eso es una ventaja. Ya, ya, no es para que uno salte de alegría, pero seguro que las cosas que te hacen feliz no tienen tierra. ¡Son las mejores!

Que nadie me critique por hablar como un abuelete: ¡soy un abuelete!

Anónimo dijo...

Meu pai estivo emigrado en Alemaña e tiña a dobre nacionalidade. Sempre falaba marabillas daquel país e ó mesmo tempo, odiábaos. Agora ti vaste de Alemaña, pero non peches a porta ás túas costas...
Non estou de acordo con Llosef, unha árbore sen raíces cae de seu ou cunha fogada de vento. Non esquenzas nunca que ser galego/ga é un sacramento: imprime carácter.
Eu nacín nunha aldea e nunha época na que os rapaces veciños escoitaban a Umberto Tozzi ou a Camilo Sexto mentres eu escoitaba Eddie and the hot rods nun radiocassette cunhas pilas roñentas. Nunca me sentín a gusto na casa, e botábaa de menos cando navegaba polo mundo adiante. Os humanos somos así. Disfruta da vida mentres poidas e non fagas caso a ninguén. Bicos a moreas Raíña dos "tedesci".

A princesa no xardín dijo...

Ai, gracias polos ánimos, mozos!

Si, Tomasso, é un luxo poder marchar dun lugar emocionalmente incómodo, especialmente cando se torna ó fogar (ó fogar do corazón, enténdese), e máis aínda cando me dan a oportunidade, alo menos durante os próximos meses, de seguir a traballar no meu...

Llosef, Bismuto: paréceme que os dous levades algo de razón. Eu, mal que ás veces me pese, aínda teño raíces, unhas raíces portátiles que non sempre resultan fáciles de manexar. Non me esquezo de onde veño (ese orgullo caladiño herdeino de miña nai), pero os camiños fannos cambiar tanto, que ás veces xa non sabemos reconocernos.

En fin, o 1 de febreiro pola noite, cando estea na casiña en Roma cunha taza quentiña de té, pensarei en vós!

P.S. Raíña dos tedeschi? Ai, non, muchacho, ese cargo non o quero eu nin regalado XD!

Badil dijo...

¡Ánimo, que no queda ná! Ahora pa Italia, mucho más gritona, desordenada, metomentodo... ¡ojo! y con más horas de sol

Pato dijo...

¡El desarraigo! El desarraigo, ¿sabes qué? se lleva dentro. ¿Pero qué pasaría si Italia no te abriese los brazos como lo hace, a su particular e histriónica manera? Tú perteneces, Princesa, perteneces, sin apellidos. A tu forma de ser y a los que te quieren. A los libros que lees y a los libros que escribes. A la historia que estudias y que a veces te engulle. Ahí está tu lugar, mejor que cualquier país, que cualquier ciudad por muy ROMAntica que sea. Así que otro día te contaré cómo se sufre el desarraigo desde la perspectiva de una pieza de Tetris igual a todas las demás.
Bicos mil, mi parrula.