domingo, 25 de septiembre de 2011

Esqueletos en el armario: precuela otrantina


Foto tomada in situ por Lo y A Princesa no Xardín

Sigamos con la narración de nuestro viaje a Otranto. Hoy, en esta otoñal tarde dominguera romana, me apetece resucitar los rayos del sol homicida y el claro relucir de la piedra en la que se ha construido el pueblo otrantino.

Otranto es una minúscula ciudad con la mirada fija constantemente en el mar Adiátrico, Ex Oriente Lux. El castillo aragonés que sirvió a Walpole de inspiración, aunque sólo fuese como "prestanome" de su célebre novela, la domina, macizo e imponente, y los dos largos brazos de muralla que abrazan y contienen el pueblo marinero parecen penetrar en su pétreo cuerpo como gruesas raíces de ficus. Y en ese abrazo están contenidas, entre otras cosas, callejuelas estrechas y ondulantes, incontables tiendas de souvenirs, restos arqueológicos, y ocho armarios repletos de esqueletos centenarios.


Una de las muchas torres del siglo XVI que encontramos en nuestros vagabundeos por la costa pugliese


Ejemplo de ruinoso desierto

Por otro lado, Otranto se integra en una tupida red de castillos, fortalezas y torres vigía plantadas en el territorio pugliese durante el período normando y reforzada durante los siglos XV y XVI para hacer frente a la devastadora potencia de turcos y sarracenos. De hecho, el castillo otrantino se construyó en el año 1481, después de que los turcos hubiesen destruido el lugar y cercenado las cabezas de sus por entonces 800 habitantes.

Me comenta Lo que Puglia ha vivido en los últimos años un considerable boom turístico, y que muchos puntos de la costa, como la propia Otranto prueba, se han convertido en destino apetecido por amantes del sol y playa, del submarinismo y, en general, de la tranquilidad extrema. Yo, por mi parte, he encontrado en Otranto paisajes "mozzafiato", desiertos y salvajes, la tierra roja (esa tierra rojo sangre que mencioné de pasada en mi anterior entrada sobre Otranto), las construcciones de piedra semejantes a diminutas mastabas despuntando en los campos y entre los olivos, y una soledad de cuento de terror, de ausencia humana... si existen un terror cósmico y un terror del mar en la literatura, también debería existir un terror telúrico, un escalofrío nacido de las piedras clavadas en la tierra encarnada, del viento entre los pinos y del lejano batir del mar contra los escollos, del cielo negro y de la luna blanca y de los gatos que se persiguen con salvaje fiereza en la oscuridad.

2 comentarios:

Pato dijo...

Oh!... Yo conozco un lugar así. Perdonad que no revele el secreto... Parece que hay varios Otrantos por el mundo...

Llosef dijo...

¡Oh, demonios! Por un momento he vuelto a sentir deseos de viajar... De viajar a Otranto, claro.