domingo, 20 de junio de 2010

Llévenselo todo



No es fácil vivir en tierra ajena, lejana, extraña, en la nación de los afectos de otros.

Que te roben entrando por la ventana de la cocina, tampoco.

Si se combinan ambas opciones, fatal, peor que peor, impotencia al cuadrado. Justo lo que me sucedió hace 10 días. La ventana abierta de la cocina en un primer piso un tanto inaccesible fue manjar apreciado por el ladrón que se coló en mi apartamento, llevándose el ordenador nuevecito de Lo, mi cámara de fotos, y unos cuantos billetes que había reservado para intentar quitarle a mi minúsculo refugio ese aire asépticamente triste y cerebral.

Ni el más modesto, insulso y anónimo de los agujeros está a salvo. ¿Qué es lo que me queda de consuelo en esta tierra bárbara? ¿Comer bretzels, beber cerveza, confraternizar con los borrachos del barrio?

Ay, la autocompasión, el elixir que nunca falla.

miércoles, 2 de junio de 2010

Cosas que he hecho últimamente I - La primera vez



¿Es vagancia o exceso de trabajo? ¿Falta de imaginación o sobreexcitación neuronal? ¿Vida regulera o amor por el secretismo? Dígamenlo ustedes... lo cierto es que no me prodigo en mensajes, entradas ni comentarios, y no será porque no quiera. En fin.

Cosas que he hecho últimamente, sí. En concreto, por primera vez.

I. Despedida de soltera


Parece un mouse, ¿verdad? Pues les aseguro que no lo es... ¡no lo conecten al ordenador, por dios!

Una compañera de Heidelberg (de origen italiano) se ha casado con otro compañero de Heidelberg (de origen alemán) en un pueblo toscano hace cosa de 5 días. Como suele ser costumbre, las amigas de Ella prepararon una fiesta de "addio al celibato" (en Heidelberg) a la que yo fui invitada.

Pues bien, sus amigas la obligaron a ponerse una camiseta con una foto del prometido, falda hawaiana rosa, un velo imposible de colores surtidos sujeto a una corona de princesa, y un cinturón de cazador (también rosa) con pequeñas botellas de licor en lugar de balas. De esta guisa se paseó por el centro de la ciudad universitaria bajo una lluvia insistentemente helada.

Una vez en su casa, hubo una sesión de Tuppersex. Para quien no conozca la naturaleza de la actividad, les diré que no es más que una venta a domicilio con demostración, pero en lugar de mostrar la utilidad de distintos cacharros de plástico, la vendedora explica los beneficios de juguetes sexuales y productos eróticos varios. Fíjense que curioso: para probar los grados de vibración de la mercancía, la vendedora nos sugirió que colocásemos la punta del artefacto sobre nuestras respectivas narices. Todo aquel que haya pasado por la calle en aquel momento, habrá visto a un corrillo femenino realizando un extraño rito: circulación de vibradores y estimulación nasal.

A esto siguieron los aceites lubricantes de sabores: piña colada, melón, tarta de queso, chocolate... un empacho de sabores dulzones y artificiales con regusto cosmético. ¿Hubiese sido mejor una línea "Sabores mediterráneos" con equivalentes al gusto de pesto genovés, funghi porcini, romero o parmesano? No sé, a mí, en principio, me habría gustado más.

Una vez terminada la sesión, que, les puedo asegurar, duró lo suyo, hubo ronda de cocktails preparados por un amigo de la mejor amiga de la novia. Rico rico. Se ahorraron el stripper, por fortuna.

¿Que si me divertí? Digamos que moderadamente. Conozco superficialmente a las organizadoras de la fiesta, y eso siempre resulta una traba a la hora de entablar conversación, con la dificultad añadida del alemán. Sin embargo, imagino que empuñar sendos cilindros de silicona en grupo debería acercar a las personas, crear sentimientos comunitarios y de pertenencia grupal. "He visto cosas que vosotros no creeríais...".