jueves, 25 de marzo de 2010

Sin título



Muchachos visitantes de la España exterior, os dedico la imagen de este blog. ¡La mansenta alimenta! ¡Con mansenta no hay hígado que se arrepienta! ¿Por qué no nos habremos atrevido a probarla? Ah, ya, porque la patrocina Marilina Manson, me había olvidado…


No les sorprenderá saber que mi vagancia en asuntos mundanos se ha visto incrementada en las últimas semanas. Es más, he aquí la prueba viviente (o el suspiro moribundo), este jardín convertido en naturaleza muerta en el que mis paseos son cortos y ejecutados con paso rápido. Pero he trabajado mucho, y si las habituales demoras editoriales no se prolongan más de la cuenta, en los próximos meses deberían publicarle tres artículos a esta vuestra Princesa (en su avatar serio-asiriológico y científico-asalariado).

La primavera ha llegado a esta parte de Alemania, y sospecho que han sido Laura y Tomás los que han cargado con varios quilos de polen y de sol en sus respectivas maletas. Ellos han sido, además, mis primeros huéspedes llegados del espacio exterior, cargados de regalos como papanueles* providenciales. Es una pena que no pueda ilustrar este post con las fotos de esos días, que no puedan ver las caritas de estos dos la primera noche que probaron la cerveza tostada que sirven en el Bernstein, ni el paseo bajo la lluvia incesante que nos acompañó en nuestra visita al cementerio judío de Worms, ni el derrumbe nocturno sobre nuestros respectivos colchones una vez finalizada la jornada. Aunque quizás deberían ser ellos, L. y T., quienes hablasen de sus impresiones y no yo, que cuento con la ventaja de haber ejercido de anfitriona.

Un fenómeno extraño: estoy perdiendo mi capacidad para comunicarme en un sentido absolutamente literal, puesto que, de forma involuntaria y no premeditada, he creado un Frankenstein lingüístico en el que zurzo, remiendo y remato el inglés con el alemán, y el español con el italiano (sazonado aquí y allá con unos granos de gallego y catalán). T. y L., para mayor vergüenza de esta que os escribe, han podido comprobarlo en oído propio. Un desaguisado.

Una confesión cualquiera: quizás deba admitir que, dentro de mi desarraigo semiforzoso y de la evidente morriña que me acompaña como sombra fiel, he encontrado un cierto equilibrio que me permite vivir y sobrevivir en terruño germánico. En mi espartana cotidianidad de la que L. y T. (de nuevo) pueden dar fe, la radio y los libros me acompañan, obligándome a aprender, a pensar, a distraerme también. Seguramente Heidelberg-entre-montañas no sea el agujero ruin que tantas veces les he descrito. Probablemente Mannheim tenga su aquel de encanto proletario, y el Rhin sucio sembrado de fábricas resulte un paisaje tan conmovedor como un monte Fuji fumador y trasnochado. Quizás sí. Quizás no.

Una novedad: me he comprado el deseado (por mi parte, claro está) The Secret Garden de F. Hodgson Burnett. Con los jardines siempre de por medio (¿Te da cuén?).

Chiquiteando con subtítulos, lo que me faltaba. ¿Qué será lo próximo?

Por cierto: con amig@s se vive mejor.

*Papanuel: versión gallega suroccidental de Papá Noel.

2 comentarios:

Qcousas dijo...

Gústame...conseguiches que me esquecera do traballo que tamén se amontoa na miña mesa...e facerme pasar un bo rato con sorrisos ao final.

Bicos...

Thomas dijo...

Pues sí... impresiones: las calles por la noche. Por el centro-centro no muy distintas de las de España. Si nos alejamos, la cosa cambia: El alumbrado público reducido al mínimo imprescindible... y las luces de colores que salen de algunas ventanas. Azul oscuro en la Wasserturm, azul eléctrico de los globos de cristal en la peluquería del barrio, rojo intenso en todos los pisos del Onkel Olaf. Y en tantos sitios, todo reducido a la mínima expresión: un escaparate, un rótulo, un mostrador. Sin adornos. Colores básicos, comercios básicos.

Salvo en Heidelberg, claro, ciudad turística donde abundan los adornos que van de lo elegante a la sobrecarga de cute-kitsch... como esa tienda al lado de tu facultad donde SIEMPRE es navidad.

O lo acogedor de las cervecerías donde nos llevaste, y donde tanto nos reímos.

La lluvia en el cementerio de Worms, la oscuridad de ese cielo nublado... y la ominosa música de órgano en la iglesia protestante -justo antes- , que no tenía una melodía concreta. Inquietante.

Y los desayunos a tres bandas, con café en cafetera napolitana, mermelada de cereza y hablando por los codos antes de lanzarnos a la calle otro día.

Y en fin: la sensación de haberme escapado a otro mundo durante media semana, y en buena compañía.

Muy pronto te mando un mail con las fotos. De nuevo, gracias por todo, Princesa.

PS - No me había fijado... la Mansenta tiene 66.6º de graduación. Casualidad, seguro.