viernes, 27 de noviembre de 2009

Cosas que me han enseñado los alemanes, 1ª parte



He aquí la número 0: el hecho de que esta sea sólo la primera parte de una serie de entradas sin número preciso confirma que he aprendido a ser optimista y a mantener la esperanza en las capacidades didácticas de teutones y teutonas.

1. Las bicicletas poseen una naturaleza claramente híbrida. Son anfibios de dos ruedas, peatones o vehículos a pedal según la circunstancia, el tiempo o la voluntad del conductor. Si tuviesen alas y potencialidad submarina serían instrumentos de guerra perfectos.

2. El complemento ideal para todo momento y ocasión es el que a continuación les describo: una bolsa de papel de estraza tamaño din a-5 con mensajes del tipo "immer frisch" o "festlich lecker", o cualquier otra frase hecha que consiga hacerles la boca agua. En alemán, por supuesto, tanto el mensaje como el rugido del estómago. La bolsa deberá obligatoriamente estar rellena con algún tipo de bollo, panecillo, dulce o galleta que habrá de mordisquearse mientras se sube al autobús, se ven escaparates, o se va en bicicleta (véase el punto 1).

3. La comúnmente aceptada eficiencia alemana puede convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en pura leyenda urbana, y ríanse ustedes del perro, la mermelada y Ricky Martin encerrado en el armario. Será una especie de complejo de Edipo respecto a los clichés mediterráneos: vinito, tapita, siesta, lerele, chupito y juerga. O esto, o es que he dado con el sur flamenco de Alemania.

4. El espacio vital es una percepción absolutamente subjetiva y no demostrable empíricamente. Ergo, no se sorprendan si se le echan literalmente encima mientras rebuscan en la sección de ofertas de tal o cual librería, o mientras cruzan un paso de cebra. Esos 50 centímetros reglamentarios de distancia que usted cree (y la creencia no es evidencia) que le pertenecen son pura quimera. Las sombras de la cueva de Platón. Un gato que, como todos, al ser de noche se vuelve pardo. Etc.

5. El cerdo es un animal sagrado, y justamente por esto se le honra diariamente a base de cuchillo y tenedor. El cerdo, versátil como la arcilla en las manos del Creador, no conoce límites, sino que los expande hasta el infinito y más allá. Guiso de cerdo con salsa de cerveza, Schnitzel (no tengan en cuenta que lo vendan por plato austríaco, porque en realidad es italiano) y salchichas de todo tipo. Y no sólo eso. El bienamado gorrino toma forma de figura de mazapán en su avatar Glückschwein, y además de dulce se transforma en figura de fortuna y buena suerte para el Año Nuevo.

Tomen nota: pongan un cerdo en su vida, pero asegúrense que tenga el corazón de almendra y azúcar.

martes, 10 de noviembre de 2009

El valor de un buen enemigo



Ustedes, ¿qué opinan? ¿Que es mejor malo conocido que bueno por conocer? ¿Que mejor solo que mal acompañado? ¿Que Dios les libre de sus amigos que de sus enemigos ya se encargan ustedes? ¿Que Dios los da y ellos se juntan? ¿Que a mí qué que llevo prisa?

Pues fíjense que yo misma tengo tres archienemigos y medio, o para ser más precisa, tres archienemigas y un señor con las orejas levantadas. "¡Imposible!", les oigo decir a ustedes, maravillados, "esa rapaciña, con esa cara de buena persona que tiene, ¿cómo puede haberse ganado el odio de alguien?". Sinceramente, no me he esforzado en demasía por cultivar mis enemistades, y eso explica, probablemente, la dudosa calidad humana de mis enemigos. Un buen enemigo, diría yo, puede resultar tan vital como contar con un buen amigo, pero en mi caso todas mis opositoras pecan de desequilibrios varios, alteraciones de comportamiento, fobias y miedos inexplicables... no son verdaderos malos, sino sólo personas avinagradas, o con dificultad para relacionarse con otros seres humanos, o gente que se siente amenazada ante cualquier circunstancia.

Les cuento todo esto porque hoy me he encontrado, justamente, con una de mis archienemigas. La señora, en su día, se tomó muy mal que yo hubiese publicado un artículo que guardaba relación directa con una de sus líneas de trabajo. Yo, por aquel entonces, era únicamente una estudiante de futuro incierto (e incierto sigue siendo mi futuro, pero al menos me he doctorado y ya puedo elegir la opción "Dr." cuando compro billetes de Ryanair). Me sinceraré, pues, con ustedes: mi grado de amenaza es más bien bajo, pero de nada vale, la señora se tomó mi acto como un intento de golpe de estado, y me dedicó un mail muy florido que todavía conservo. ¿Cuál fue el motivo de esta su visita? ¿Vengarse? ¿Hacer correr la sangre? Pues no, lamento decepcionarles. El jefe del departamento la invitó para dar una charla en petit comité (los motivos ocultos de la invitación no se los cuento, que es muy feo hablar de las personas a sus espaldas), y ahí estábamos cinco personas con café requemado y galletitas para la ocasión (que yo no probé, para hacerme la ilusión de que mis enemigos son realmente peligrosos). Y esto fue lo que me encontré: me saludó muy efusivamente, me dio dos besos, y me dijo (¡atención!) que mi artículo le había parecido muy interesante.

Mi alma retranqueira típicamente gallega le habría respondido con chispa y descaro, pero preferí no hacerlo. La retranca, para quien se la merezca y se la haya ganado a pulso.

Por cierto, con el señor de las orejas levantadas, a pesar de sus temores repetidos a que yo le "robase" la exclusiva de publicación de su material de trabajo, mantuve una conversación bastante interesante en el British Museum. Les informo de que en este mundillo, al contrario que en la prensa del corazón, las exclusivas duran décadas, y no es infrecuente que el asiriólogo-paparazzi de turno se muera antes de haber logrado publicar el material en cuestión. Pueden decirlo ustedes bien alto, y tendrán razón: "Estos... ¡son unos vagos! ¡Y encima, cobran!"

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Quién soy yo y qué hago aquí o I've been in the arched room


Foto para el recuerdo: los señores Max Mallowan y Leonard Woolley posan con la señora Agatha Christie (esposa del primero) en el sitio de Ur


Hoy sí, hoy me planté a las 09:55 delante de la sala egipcia del British Museum con todos los trastos a cuestas, y no para mirar, admirar y remirar la piedra de Rosetta, sino para llegar puntualísima a la sala de estudio (student's room, que la llaman en English) del departamento de Oriente Medio. Y es que desde el viernes pasado no funciona el timbre (sí, aquí no se le permite la entrada a cualquiera y hay que pasar la prueba del ding dong), lo que significa que conviene estar delante de la puerta en el momento justo en el que la abren durante 10 segundos para comprobar si hay estudiantes estudiosos esperando. ¿Y por qué? Porque si no deberá usted dirigirse al mostrador de información y pedirle amablemente a la señorita o señorito de turno que por favor contacte telefónicamente con la sala de estudio para que le abran la puerta, y al tiempo que solicita el favor salir corriendo de nuevo hacia la sala egipcia para que, cuando por segunda vez abran la puerta durante 10 segundos, pueda entrar usted.

"¿Ha probado a llamar a la puerta?", me interpeló ayer la señorita del mostrador de información.

"Ni tocando un tambor africano del tamaño de Asia me oirían allí dentro" (pensé yo).


El señor Henry Layard se divierte cosa fina con sus tablillas cuneiformes


Y a este punto, ¿quién soy yo y qué hago aquí? Yo soy (o digo ser), entre otras cosas, una asirióloga, que viene a ser una chiribitera, un persona que se entretiene con pedruscos y garabatos, es decir, que vive fuera de la realidad, y a la que le faltan dos o siete tornillos y algunas tuercas. No me creo demasiado mi papel, pero como tapadera o identidad secreta suele funcionar bastante bien.

¿Qué hago aquí (no el "aquí mundo", el "aquí vida humana", el "aquí cosmos insondable)? El aquí Londres, vaya. Pues eso, ¿no se lo he dicho antes? He venido aquí a ver pedruscos de arcilla llenos de líneas, cuñas y garabatos, pedruscos a los que le faltan trozos, este, ilegible, el otro, amorfo, el de más allá, achicharrado. El aquí es el British Museum. Y el aquí del aquí se llama "the arched room".

Esta sala recibe su nombre por un hecho más que obvio, y es que el cuerpo principal posee una cubrición de arcos de medio punto, bajo los cuales se distribuyen las mesas de estudio con sus flexos, sus lupas, y sus almohadillas de gomaespuma para que pueda usted apoyar cómodamente el pedrusco (también llamado tablilla en Científico) que quiera. A ambos lados de esta sala principal se abren otras de menor tamaño, cubículos de altos techos en los que se disponen en vertical y en horizontal, a diestro y siniestro tras las puertas acristaladas, cientos de cajones o "trays" que contienen tablillas, cilindro-sellos y otros matusalenes inanimados.

Las piezas arqueológicas a estudiar deben ser solicitadas al personal del departamento (les recuerdo que no se trata de un autoservicio, ¡aprendan a evitar las tentaciones!), en un número máximo de 15 por día. A tal efecto debe rellenarse una ficha con los números de registro de las piezas en cuestión, y si ustedes lo hacen correctamente, recibirán en su mesa de estudio un suculento cajón personalizado repleto de curiosos cachirulos. Enciendan el flexo, cojan una pieza cualquiera, la que les llame más la atención, y déjense la retina en la exploración de su superficie durante las cinco horas en las que permanece abierta la sala de estudio.

Hasta aquí llega el relato de hoy. Si desean saber más sobre quién soy y qué hago aquí, no duden en enviar sus comentarios y peticiones.