martes, 10 de noviembre de 2009

El valor de un buen enemigo



Ustedes, ¿qué opinan? ¿Que es mejor malo conocido que bueno por conocer? ¿Que mejor solo que mal acompañado? ¿Que Dios les libre de sus amigos que de sus enemigos ya se encargan ustedes? ¿Que Dios los da y ellos se juntan? ¿Que a mí qué que llevo prisa?

Pues fíjense que yo misma tengo tres archienemigos y medio, o para ser más precisa, tres archienemigas y un señor con las orejas levantadas. "¡Imposible!", les oigo decir a ustedes, maravillados, "esa rapaciña, con esa cara de buena persona que tiene, ¿cómo puede haberse ganado el odio de alguien?". Sinceramente, no me he esforzado en demasía por cultivar mis enemistades, y eso explica, probablemente, la dudosa calidad humana de mis enemigos. Un buen enemigo, diría yo, puede resultar tan vital como contar con un buen amigo, pero en mi caso todas mis opositoras pecan de desequilibrios varios, alteraciones de comportamiento, fobias y miedos inexplicables... no son verdaderos malos, sino sólo personas avinagradas, o con dificultad para relacionarse con otros seres humanos, o gente que se siente amenazada ante cualquier circunstancia.

Les cuento todo esto porque hoy me he encontrado, justamente, con una de mis archienemigas. La señora, en su día, se tomó muy mal que yo hubiese publicado un artículo que guardaba relación directa con una de sus líneas de trabajo. Yo, por aquel entonces, era únicamente una estudiante de futuro incierto (e incierto sigue siendo mi futuro, pero al menos me he doctorado y ya puedo elegir la opción "Dr." cuando compro billetes de Ryanair). Me sinceraré, pues, con ustedes: mi grado de amenaza es más bien bajo, pero de nada vale, la señora se tomó mi acto como un intento de golpe de estado, y me dedicó un mail muy florido que todavía conservo. ¿Cuál fue el motivo de esta su visita? ¿Vengarse? ¿Hacer correr la sangre? Pues no, lamento decepcionarles. El jefe del departamento la invitó para dar una charla en petit comité (los motivos ocultos de la invitación no se los cuento, que es muy feo hablar de las personas a sus espaldas), y ahí estábamos cinco personas con café requemado y galletitas para la ocasión (que yo no probé, para hacerme la ilusión de que mis enemigos son realmente peligrosos). Y esto fue lo que me encontré: me saludó muy efusivamente, me dio dos besos, y me dijo (¡atención!) que mi artículo le había parecido muy interesante.

Mi alma retranqueira típicamente gallega le habría respondido con chispa y descaro, pero preferí no hacerlo. La retranca, para quien se la merezca y se la haya ganado a pulso.

Por cierto, con el señor de las orejas levantadas, a pesar de sus temores repetidos a que yo le "robase" la exclusiva de publicación de su material de trabajo, mantuve una conversación bastante interesante en el British Museum. Les informo de que en este mundillo, al contrario que en la prensa del corazón, las exclusivas duran décadas, y no es infrecuente que el asiriólogo-paparazzi de turno se muera antes de haber logrado publicar el material en cuestión. Pueden decirlo ustedes bien alto, y tendrán razón: "Estos... ¡son unos vagos! ¡Y encima, cobran!"

6 comentarios:

Qcousas dijo...

Hai que ver...como está o mundo...nin enimigos/as de calidad podemos optar a ter.
Ás veces, é máis difícil ser enimigo/a que amigo/a, porque fai falla maior intelixencia e inxenio, e na meirande parte das ocasións os enimigos/as non teñen destreza para selo...
Bicos, parrula, os teus enimigos/as non te merecen...

Llosef dijo...

Es que estos enemigos dan más pena que otra cosa, ¿no? Son más desesperantes y cansinos que los de verdad, pero en el fondo pienso que menos dañinos...

En fin, ni preocuparse. Eso sí, si dan para entradas tan buenas como ésta, conserva alguno, ¡hazlo por nosotros!

Abrazos.

Pato dijo...

Elijo a mis amigos por el físico y a mis enemigos por su inteligencia, Wilde, todo él.
Yo tengo una enemiga, se llama María y pretende ser yo.
Tus enemigos son gente que te teme, por lo que veo (algo tan difícil de imaginar como el hecho de que tengas enemigos. Quiero decir, no das miedo en absoluto!), así que puedes sacarle mucho partido a esa relaciones, si quieres. Aunque sé que no quieres. Ya, yo tampoco.

Thomas dijo...

Hummm... si es que enemistades como las de las películas, de las que incluyen mutuo respeto y admiración, y un retorcido placer al cruzar las respectivas espadas ya casi no hay. ¡Si es que las ha habido alguna vez! Yo no recuerdo haber tenido ninguna, al menos.

Nah, esos enemigos de pacotilla te han tocado a ti como podían haberle tocado a cualquier otro (OK, a cualquier otro dentro de tu especialidad). Igual que coger la gripe, que te pique un mosquito o que se estrelle tu avión, cosas que nada tienen que ver con la enemistad, ni con que seas quien y como eres.

En fin: chusma.

Por cierto, yo siempre he sido de la opción "Mejor solo que mal acompañado", aunque la soledad me llegue al cuello o más arriba.

XAVI dijo...

Me identifico con lo que dices, Érica, y me quedo con esta frase:

"no son verdaderos malos, sino sólo personas avinagradas, o con dificultad para relacionarse con otros seres humanos, o gente que se siente amenazada ante cualquier circunstancia"

Yo también conozco a esa categoría de individuos. Estoy muy sensibilizado con ese tema últimamene. Alejémonos de ellos y alejémonos de la mínima opción de ser así.

Toda impertinencia, todo sarcasmo bobo, todo menosprecio esconde envidia e inseguridad.

Un abrazo.

Harry Sonfór dijo...

Servidor, que es de natural humilde según cómo se levante, piensa que sus enemigos son tirando a tontos, por perder el tiempo en inquinas conmigo. Enemigos los he tenido de todos los colores, pero más bien tontos. A ver si un día me sale uno bueno, un archienemigo, un villano malvado y poderoso, algo que me despeje.