miércoles, 27 de agosto de 2008

EL ABORIGEN DEL PLANETA QUE UN DÍA, DESDE EL ESPACIO, SE LLAMÓ AZUL


Españoles deshaciéndose de los cadáveres de Moctezuma y Itzquauhtzin

Probablemente fue con el descubrimiento de América que comenzó a perfilarse la idea de progreso (1. Acción de ir hacia adelante. 2. Avance, adelanto, perfeccionamiento), esto es, el concepto en clave evolutiva de que el ser humano atraviesa distintas fases que lo llevan desde la barbarie hasta la civilización. Las poblaciones así “descubiertas” y colonizadas, por tanto, habrían representado el ejemplo de un primer estadio evolutivo para aquellos curas en los que la moral (si bien con un cortante doble filo) funcionaba como baremo del comportamiento humano, y que veían en las desnudeces de aquellos indios la representación manifiesta del pecado original de Adán y Eva. La civilización se iguala a la evangelización, y he aquí que se provee a dotar a los indígenas de los instrumentos que les permitirán acceder al siguiente escalón en la vía del progreso: biblias, crucifijos, y sabias dosis de martirio.
Piensen que esta idea de progreso sigue vigente en nuestros días: hace 100 años, 500, dos milenios, los seres humanos éramos tontos de remate, supersticiosos, miedosos e ignorantes, vivíamos en chozas y nos moríamos de catarro y de infecciones absurdas. Hace 100 años, 500, dos milenios, éramos “primitivos”.

Primitivo: 1. Primero en su línea, o que no tiene ni toma origen de otra cosa.
(pero también)
3. Se dice de los pueblos aborígenes o de civilización poco desarrollada, así como de los individuos que los componen, de su misma civilización o de las manifestaciones de ella.

Y nótese que aborigen significa, simplemente, 1. Originario del suelo en que vive. 2. Se dice del primitivo morador de un país, por contraposición a los establecidos posteriormente en él.
Su inclusión en la definición de “primitivo”, sin embargo, identifica el concepto “originario de un país” con “civilización poco desarrollada” (¿significa eso que las poblaciones superpuestas a aquella originaria representarían las “civilizaciones muy desarrolladas”? ¿No suena esto como una justificación de las conquistas, invasiones e imposiciones que plagan la historia de la humana humanidad?).
Ah, y no se pierdan esto: desarrollar, 8. Dicho de una comunidad humana: Progresar, crecer económica, social, cultural o políticamente.
De lo que se obtiene que los aborígenes u oriundos de un paíz o región son, por tanto, comunidades ecónomica, social, cultural y políticamente pobres. Vean y comprueben ustedes mismos los prodigios de la lengua, basta tirar del hilo para que la estructura de una sociedad comience a tambalearse.

Este discurso mío tan imposible que intento exponer aquí, lleva forjándose desde que llegué a Londres y empecé a interesarme en cómo se había tratado la medicina mesopotámica en los manuales y estudios generales sobre la historia de la medicina. “Primitivo” e “irracional” se repetían con bastante frecuencia, y los errores de análisis, de visión, de valoración, se transmitían de unos libros a otros. La perpetuación de un mal. He aquí que empecé a pensar y a pensar en el progreso, en la barbarie, en la civilización...

Y entonces puse el pie en Forest Hill. El domingo pasado visité el museo Horniman, fundado por el señor Horniman, mercante de tés al que le debemos la famosa marca. Muchos de los objetos allí expuestos siguen los parámetros de esta idea decimonónica de progreso, basada en el “primitivismo” atribuido a las poblaciones indígenas de África, Asia, América, e incluso se incorporan ideas raciales por las que determinados rasgos físicos de las distintas comunidades humanas (forma del cráneo, de los ojos, de la mandíbula, etc) revelarían importantes diferencias en las cualidades y capacidades de las mismas (una vitrina con una treintena de cabezas de terracotta reproduciendo distintos tipos étnicos así lo confirma). No me malienterpreten, este museo es una caja de sorpresas, y a pesar de que el número de objetos expuestos en las salas es altamente limitado (considerando la ingente cantidad de fondos que el museo guarda en sus almacenes), difícilmente se le puede considerar poco o nada interesante. Recomendable, diría yo. Pero, de nuevo, esta idea del primitivo, del buen salvaje, que tan poco me gusta...


Las susodichas cabezas

Me pregunto dónde está todo ese progreso social, cultural, político y económico hoy en día, si no nos morimos de catarro pero lo hacemos de muchas otras enfermedades para las que no existe cura, o existe pero es demasiado cara, o existe pero sólo es efectiva en un porcentaje determinado de ocasiones. Dependemos absolutamente del sistema: cada uno de nosotros no produce su propia comida, ni su indumentaria, ni los implementos necesarios para las tareas más básicas (no sabemos cómo producir jabón, por ejemplo, ni cómo construir un refugio... completen la lista como mejor les parezca). Aparentemente somos más libres, pero absolutamente dependientes de nuestro entorno. Por no hablar de lo que significa en clave ética todo ese denonado y maldito progreso.

Y todo este barullo de palabras deshilachadas para terminar con una pregunta que, para mí, lo sintetiza todo: ¿cómo nos estudiarán, analizarán e interpretarán los historiadores, sociólogos, arqueólogos (suponiendo que continúen existiendo las disciplinas de letras) de los próximos mil años? ¿Seremos llamados primitivos? ¿O seremos calificados simplemente de estúpidos?

Disculpen de nuevo mi poca fe en el género humano, si bien tiendo a confiar en sus miembros a nivel individual, su existencia como entidad grupal me horroriza y aterroriza...

jueves, 21 de agosto de 2008

FALSA ALARMA



A las tres, la alarma antiincendios empezó a sonar en la biblioteca, para estupor mío, que no sabiendo qué hacer, me abracé a mi ordenador portátil y me uní al riachuelo de personas que caminaban despacio hacia la salida de emergencia. Obviamente, era una simple prueba de evacuación, y ningún incendio real se detectó en el edificio, pero encontrarme en medio de la calle con otras decenas de personas, abrazada impúdicamente a esta máquina tecnológica desde la que les escribo habitualmente, no me llenó de emoción, precisamente. Media hora quieta como un palo negro-verde-violeta, esperando a que nos reinstalasen en la biblioteca.

Y es que, para mi fortuna o para mi desgracia, soy terriblemente tímida en algunas circunstancias, y el verme allí, rígida, incómoda, como expuesta en una vitrina de Oxford Street, sin atreverme a hablar con nadie (es más, recibiendo alguna que otra mirada severa, o gris, o impertinente), me inhibió todavía más. Reconocí a algunas personas del personal del Wellcome, gente que trabajaba aquí hace ya cuatro años, la última vez que estuve en la institución como investigadora asociada (ahora mismo disfruto de la biblioteca con un simple carnet de lectora), pero no me atreví a presentarme ante ellos... quizás no me habrían reconocido, o peor, reconociéndome, no habrían sabido qué decirme...

Que animales extraños, los seres humanos, que nos consideramos el centro del mundo y de la experiencia, como raza y como individuos... qué me importará a mí si me reconocen o no, o por qué debería comportarme como un animal altamente sociable, cuando en realidad yo (animal mamífero escurridizo y curioso), prefiero la compañía de los buenos viejos amigos o de los nuevos amigos en vías de convertirse en viejos, si no me gusta fingir (o más bien me cuesta horrores hacerlo) que soy abierta-dicharachera-despreocupada entre olé va y olé viene como se espera de (casi) toda española que se precie. Por una parte, las personas me inspiran un cierto temor. Por otra, ni siquiera pienso en ello. Y con cada día que pasa, mis pequeñas neuras se convierten en (también pequeñas) virtudes, y lo que antes era vivido como un grave defecto de carácter, ahora me parecen capacidades en potencia que sólo de vez en cuando causan una molestia comparable a la de una piedrecilla dentro del zapato.

Quizás ese terror hacia lo humano que me ha invadido hoy haya sido también una falsa alarma. Sólo hoy, porque el fin de semana pasado, en el Imperial War Museum, el horror fue realidad, fue muerte, fue masacre... nuestro siglo XX que nos vio nacer y que nos acunó entre sus brazos, fue una oda a las nuevas tecnologías militares, a la devastación en masa, a esa nueva táctica basada en el ataque de objetivos civiles. Y su heredero, el siglo XXI, promete quién sabe qué otras delicias bélicas.

Para cerrar este penosísimo panegírico a la humanidad: El planeta de los simios



'Beware the beast man, for he is the Devil's pawn. Alone among God's primates, he kills for sport or lust or greed. Yea, he will murder his brother to possess his brother's land. Let him not breed in great numbers, for he will make a desert of his home and yours. Shun him, for he is the harbinger of death.'
(Pero qué triste que también los habitantes del planeta de los simios fuesen monoteístas y creyesen a pie juntillas en sus ficticios textos sagrados)

martes, 19 de agosto de 2008

LA DIETA DEL JENGIBRE



No me refiero a una dieta adelgazante, reconstituyente ni depurativa, ni para mejorar el aspecto de la piel ni de las uñas ni el cabello. No es objeto de discusión en los foros de salud y estética, no se publican suplementos veraniegos que informen de sus virtudes sin par, y, probablemente, nadie la sigue... excepto yo.
La dieta del jengibre deriva de la gula, simple y llanamente, porque esa raíz es mi debilidad. Su nombre deriva del sánscrito singavera (griego ζιγγίβερις, latín zingĭber), que se traduciría, según dicen los que entienden de esta lengua, por “formado como un cuerno”. Nunca los cuernos fueron más apetecibles...

Estar en Londres no hace sino que se agrave mi enfermedad, puesto que los supermercados ofrecen múltiples productos basados en el jengibre.
Mis dosis diarias se sustentan en:
- jengibre al natural, usado en la preparación de platos o como aditivo a cualquiera de los tés e infusiones (a las que también soy adicta) que reinan en la alacena. En esta categoría se integra el jengibre en vinagre (gari) que acompaña al maki, al sushi, al sashimi, y demás delicias culinarias japonesas.
- infusión de jengibre y limón (en este caso producida por Twinnings), muy caliente, porque el calor contribuye a acentuar su sabor punzante y fresco.



- cerveza de jengibre. Si bien su sabor guarde una cierta relación con el de un limpiador del baño, las burbujas la hacen irresistible.
- mermelada de jengibre. La única que, por el momento, he probado resulta demasiado dulzona para mi gusto. Eso sí, cuando un trozo de jengibre almibarado acaba entre los dientes, mmm, gloria, que dirían algunos.
- galletas de jengibre. Habría que probarlas todas para aprender a distinguir todos los matices de las diversas facturas. Entre mis favoritas, aquellas con trozos de jengibre confitado y cubiertas de chocolate negro.
- jengibre confitado (en relación a la anterior), para mí, un placer sin nombre. Para mi fortuna, esto sí que se encuentra en Roma.
- chocolate amargo con trocitos de jengibre, mi más reciente descubrimiento en este campo de estudio.

Piensen que también recurro al perfume de jengibre (Tesori d'Oriente – Zenzero), a la crema corporal de jengibre y amapola (Bottega Verde – Zenzero e papavero), y que alguna vez me he comprado jabón hecho con la mágica raíz.
Las obsesiones merecen un nombre, y este es el que le corresponde a la mía: jengibre.

viernes, 15 de agosto de 2008

AGOSTO Y ES PRIMAVERA



Desde siempre hemos sido educados para creer que "Más vale pájaro en mano que ciento volando¨, que "Lo bueno, si breve, dos veces bueno" y que "Los mejores perfumes vienen en frascos pequeños": he aquí algunos ejemplos para el método de la resignación y del conformismo.

Puesto que yo he sido educada también bajo la bandera de estos principios, tendría que darme con un canto en los dientes (siguiendo con las frases hechas) dado que hoy es el primer día de sol auténtico, que no calor, que experimento desde que llegué a Londres. Y porque es viernes. Y porque sigo viva. Etc. Pero no me pregunten por qué no me siento exultante y pletórica de felicidad ante la perspectiva de media tarde sin aguaceros de por medio... quizás me he pasado demasiadas horas leyendo y siendo sometida a los efectos del aire acondicionado (una vez más), y con las manos y la cara también se me ha helado un trozo de alma y un punto de corazón.

Pues tenía preparadas algunas pequeñas cosas y chascarrillos menores para contarles, pero creo que, muy a mi pesar, tendré que posponerlo hasta la próxima semana. Les anticipo que el miércoles pasado fui a un concierto de música clásica en el Royal Albert Hall, y que es muy probable que hoy me pase por la Tate Modern, que por fortuna cierra a las 10 de la noche. También tengo que hablarles de libros, y de personajes históricos, y de la fauna que pulula Camdem, y de otros muchos vicios míos (todos ellos confesables, creo).

Buen fin de semana, queridos y queridas.


martes, 12 de agosto de 2008

UN SÁBADO CUALQUIERA EN EL REINO DE ISABEL II

El sábado me desperté con el sonido del timbre... el cartero, que traía un paquete para Peter, el otro inquilino del piso (resultó ser el primero de una serie que llegaron algo más tarde, traídos por otro cartero una hora más tarde). Peter es de Liverpool, y será por eso que su figura plácida y descoordinada, coronada por una melena siempre gris e incipiente, y sus ojos miopes perdidos tras los cristales graduados, evoca al quinto (o sexto) Beatle, el que nunca olió el éxito. Es bastante simpático y siempre busca la manera de dar conversación sin resultar invasivo: comida, cultura, viajes gozan de especial simpatía como temas para entrenar a la sin hueso. ¿Y cómo se gana la vida este Peter? Pues escribe para distintos periódicos británicos, como The Guardian, da clases y cursillos, y está preparando su primera novela. No podéis imaginaros el escaso nivel de romanticismo que posee la casa de un escritor inglés que ha traspasado ya el umbral de los 40. Eso sí, la más que notable cantidad de libros atesorados por este personaje, y su absoluta disponibilidad para cederlos en préstamo a sus dos coinquilinos (léase Lo y yo), compensan en buena parte las incomodidades derivadas de ocupar un semisótano en la lluviosa capital.

Sábado, decía. Lo y yo salimos a la calle con la intención de “hacer algo”, sopla el viento y parece que algo similar al sol brilla en alguna parte indefinida del cielo. Pienso para mí, convenciéndome, que el viento y el sol se llevarán la humedad lejos de mi ropa y de mis huesos, que el suelo se secará por fin, y que algo parecido al verano despertará en Londres y barrerá, aunque sea sólo por un día, el frío, la lluvia y esta sensación continua de estar a punto de caer enferma.
A esto se le llama “ilusión”: Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
Al poco tiempo empezó a llover, y desde entonces no ha parado de caer agua.

A pesar de ello, conseguimos llegar al museo de historia natural, donde las riadas de gente sustituyeron a las riadas de lluvia, y el gris dominante de Londres dejó paso al multicolor plumaje de los pájaros exóticos, a las formas imposibles de los peces abisales, y a los huesos fosilizados de criaturas extintas para siempre.

MIS FAVORITOS

Pájaro del paraíso


Araña bola


Araña lobo


Thomas Hawkins (1840), The Book of the Great Sea Dragons


Mary Anning (1799-1847), buscadora de fósiles de dinosaurio


Anglerfish

jueves, 7 de agosto de 2008

EL ÚTERO ERRANTE, II parte

Salvo por el hecho de que me he levantado con una de las muelas del juicio refunfuñando y pegándome patadas en la boca, este está resultando un día de trabajo interesante. Tengo la mesa (una mesa individual, espaciosa, “nova do trinque”, con flexo de acero, y estilosa butaca de color morado) ocupada con libros relativos a la historia de la salud, el cuerpo y las enfermedades de mujeres. El que estoy leyendo en estos momentos se titula Le mal d'etre femme. La femme et la medecine a Rome, del historiador de la medicina D. Gourevitch. La enfermedad de ser mujer, nada menos, según autores clásicos como Sorano, Celso y Areteo de Capadocia.

Como algunos y algunas ya sabéis, una de mis teorías médicas favoritas es aquella que concierne al útero errante, y de la que ya publiqué una breve entrada en este mismo jardín... esta teoría médica, vigente hasta el siglo XVII, concibe el útero como una entidad autónoma, como un animal que viviese en el cuerpo de la mujer, y cuya salud se ve alterada por la falta de hidratación. Cuando el útero se seca, por tanto, tiende a moverse hacia zonas del cuerpo bien irrigadas, como el hígado, vagando como alma en pena dentro del cuerpo femenino en el que está confinado. Pero siendo un órgano sensible a los olores, se proponen los siguientes remedios para hacer que se mueva en la dirección justa: se le atrae con los olores que le gustan, como el nardo, la rosa, o la canela; se lo aleja con aquellos que le disgustan: lana quemada, orina y otras sustancias nauseabundas.

En consecuencia: es casi imposible que pueda aburrirme en esta biblioteca.

PS. ¿Habéis notado que han vuelto las ñs y los acentos?

miércoles, 6 de agosto de 2008

EL INCENDIO DE LONDRES, PLAGAS, MISTERIOS Y UN CATARRO INCIPIENTE

ADVERTENCIA: Lo que ustedes estan a punto de leer es un texto sin acentos y desprovisto de nuestra mas famosa e internacional letra, escrito ayer en el corazon de Londres con un teclado italiano... no se me quejen, por favor, que esto si que es espiritu transnacional

Esta entrada del blog se ha hecho de rogar, y mucho... desde que llegué el jueves pasado a Londres, no ha parado de llover. Tan solo he podido intuir el sol, agazapado tras una montanha de nubes grises, en un par de ocasiones.
Hoy por la manhana me he levantado cargada de energia y vivaz, convenciéndome de que ni la lluvia ni la humedad ni las rafagas de viento iban a afectarme negativamente. Pero tras haber llegado media hora antes de la apertura de la biblioteca y haber tenido que guarecerme y esperar en la estacion de Euston ese tiempo, fingiendo leer el periodico y respirando humaredas de tabaco de segundas y terceras bocas, esa primera y naive alegria se volvio tan aguada y gris como este martes de agosto.
Asi que aqui, entre estornudo y estornudo, aprovecho para trabajar en articulos pendientes y para estudiar y ponerme al dia con las nuevas lineas de investigacion, con metodologias varias, y con curiosidades que hasta ahora ignoraba. Este es mi circunstancial laboratorio de experimentos intelectuales: la biblioteca del Wellcome Trust:



Es un lugar funcional, de apariencia aséptica, en el que el aire acondicionado funciona continuamente... quizas por eso camino encogida entre las estanterias y estornudo una y otra vez. El fundador de la institucion fue Sir Henry Wellcome, uno de esos personajes “a tutto fare” que, ademas de dedicarse al negocio de la farmacéutica, fue viajero, coleccionista, emprendedor y gran curioso.

Hurguen en la vida y milagros del senhor Henry Wellcome aqui:
http://library.wellcome.ac.uk/node615.html

Y disculpen por el tono gris (siempre en consonancia con el cielo londinense, eso si) de este primer blog de ultramar, prometo esforzarme para mejorar estilo y contenido.